viernes, 19 de julio de 2013

No, esta noche no.

Hacía tiempo que no me pasaba. Mucho tiempo, además. Esa sensación que se adueña de tu pecho... que te hace cerrar los ojos y te llena de calma... de una calma tan sobrecogedora que llorarías sin motivo... Es como que por un momento has parado al mundo y te has permitido cerrar los ojos.

Ya volverá a girar... pero no esta noche.

http://www.youtube.com/watch?v=-69hKRvegCI

jueves, 18 de julio de 2013

Un mensaje en una botella

Estando a punto de acostarme, después de un día... pues normalito, de estos que sabes que dentro de una semana ni recordarás... he leído una frase. La frase no tiene la menor importancia en esta historia, pero el caso es que esa frase me ha llevado al autor, y del autor a otras frases suyas... y una me ha encendido una bombillita en la cabeza. No una idea, sino más bien un objetivo.
Se dice que antes de morir se debe tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Puede que algún día plante un árbol, tener un hijo es algo que no me voy a plantear ahora y escribir un libro... pues bueno, si junto todos mis delirios sin conexión ninguna siempre le puedo poner una bonita portada (o en su defecto cualquier desastre salido del paint) y guardarlo en el estante donde se guardan esas cosas que quieres conservar y que ves muy de vez en cuando, cuando ya empiezan a acumular polvillo.
Pero hoy he descubierto que hay otra cosa que me gustaría hacer. Es una idea un tanto infantil, para qué negarlo, pero aún así me motiva. Y hacer algo que te motiva, mola. Es escribir una carta, meterla en una botella y tirarla al mar. Sí, lo dicho, es una idea infantil y un tanto peliculera pero... ¿a quién no le haría ilusión encontrar una botella con un mensaje?

Lo mejor de todo es que no sabes si ese mensaje llegará a alguna persona. Puede que se quede en el fondo del mar, que se rompa y se borre todo recuerdo... pero tú eso nunca lo sabrás. Y en tu cabeza te vendrán imágenes en los que verás a niños corriendo hacia sus padres con una botella entre las manos como si hubieran encontrado un tesoro, o a alguien perdido (no espacialmente) que encuentra algún consuelo o ánimo en esas palabras que escribiste por capricho, o simplemente a alguien al que le guste guardar objetos curiosos, y sin saberlo tienen tu letra en su corcho de la habitación.

Es lo bueno de no saber el final de las historias, que tienes la capacidad para imaginarte millares de situaciones, de ver muchos finales o, más que finales, muchos puntos y seguido. Porque no hay nada que acabe del todo siempre que alguien lo recuerde. O eso dicen.

sábado, 6 de julio de 2013

Que ya empieza a tocar

El levantar la cabeza de nuevo, el mirar las cosas de otra forma... venga, va, que no es tan difícil. De autocompasión ya he tenido suficiente por una larga temporada. 

Necesito sentirme viva de la única forma posible, viviendo... y después ya veremos qué pasa. 

viernes, 5 de julio de 2013

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. 

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. 

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. 

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. 

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. 

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. 

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

jueves, 4 de julio de 2013

Eso es así:

Emociona.
El tomar una decisión importante que sabes que puede cambiar el rumbo de tu vida o, para no ser tan drásticos, que sabes que lo que hagas a partir de ahí te va a marcar de una manera impresionante.

Es sentir que tomas las riendas de tu vida. Y sí, eso mola. Muchísimo.

Y también mola ver cómo los que están a tu alrededor toman esas decisiones que sabes que les va a hacer felices, o al menos, que sabes que la emoción que les va a conllevar les va a merecer mucho la pena. Y aunque sea una mera observadora de ese hecho, sigue emocionando, porque una se alegra por las personitas que quiere, y eso también es así...

Y a partir de aquí solo queda empezar a volar... =)